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San Bartolomé de la Torre, la puerta del Andévalo

San Bartolomé de la Torre es una tierra acogedora, con costumbres peculiares y festividades que exaltan sus más emotivas tradiciones. Aquí se unen vecinas y vecinos, autóctonos y foráneos para seguir perpetuando los ricos valores de este trocito de Andévalo.

Puerta de la comarca andevaleña, San Bartolomé de la Torre no es un pueblo con un extenso patrimonio cultural pero tiene lugares realmente singulares, como la Torre que da nombre al pueblo. Este monumento se construyó entre los s. XIII y XV en un contexto histórico coincidente con las guerras entre Portugal y Castilla y León. Es una torre vigía formada por tres plantas y era en la tercera desde donde se vigilaba el territorio.

Tampoco puedes perderte el Museo del Aceite, que recoge la arraigada tradición olivarera de este municipio. Se inauguró en 2006 con la finalidad de conservar y dar a conocer la antigua Almazara existente en la localidad.

Museo del Aceite, San Bartolomé de la Torre.

Museo del Aceite, San Bartolomé de la Torre.

Por otro lado, te llamará la atención su iglesia parroquial, con un claro y marcado estilo barroco que en cada festividad se enorgullece de ver entrar a los ocho danzaores y un rabeador que a ritmo de tamboril y rasgado de espadas perpetúan la Danza Bartolina.

Danzaores. Autor: Paco Santana.

Danzaores de la Danza Bartolina. Autor: Paco Santana.

Pero San Bartolomé de la Torre es mucho más. Es su romería de la Amistad, que no se celebra en honor a ningún Santo o Virgen, sino que pone en valor uno de los grandes tesoros de la vida: la amistad. Y en torno a los amigos y amigas se pasa un fin de semana en lo alto de la Lobera cantando y bailando con trajes de flamenca diseñados en el mismo término bartolino.

Fresas, naranjas, chacina, parajes, senderos, cultura, dulces, pan, artesanía, aceite, entorno, danza, matanza, flamenco, amistad, mosto, acogida, fiestas… San Bartolomé de la Torre, ¡descúbrelo y déjate querer!


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Degusta el oro líquido serrano

El olivo es el símbolo de la cultura mediterránea, la misma que nos une y nos diferencia a tantos pueblos. La historia de este árbol va ligada a nuestra historia. Aparece allá por la antigua Mesopotamia (4000 a. C.) gracias a la domesticación del acebuche. Se podría decir que el olivo nació junto a las civilizaciones. Ha sido testigo que pasa de una a otra civilización, de la mesopotámica a la cretense; de la cretense a la griega; después a la fenicia y también a Roma, que se encargó de difundirlo por todo el Mare Nostrum. El olivo se adaptó y permaneció en esas nuevas culturas.

Estampa típica de algunos municipios de la Sierra como Encinasola.

Estampa típica de algunos municipios de la Sierra como Encinasola.

El olivo también se hizo su hueco en la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, se acomodó al lugar que le cedieron: lugares de difícil acceso que eran malos para la agricultura y se encontraban en los ruedos de los pueblos, lo que satisfacía las necesidades de locales de consumo.

El olivar serrano ha pasado por momentos de esplendor ya que en casi todos los pueblos existían almazaras; pero también de decadencia porque todas estas almazaras desaparecieron. El momento actual marca un inicio: están apareciendo nuevas almazaras en pueblos serranos, almazaras que están apostando por un producto de calidad y ecológico, lo que supone una nueva oportunidad para el olivar y para la Sierra de Aracena y Picos de Aroche.

Así que si vienes a la Sierra, ya sabes, no olvides degustar el oro líquido serrano.


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